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Hermano, quien manda aca, y que carajo somos?

Crónica al aire, sin tapujos, para la hora en que ya no se le miente a nadie

Crónica sin tapujos, para la hora en que ya no se le miente a nadie

Hay una pregunta que uno se hace de pibe, mirando el techo, y que después aprende a no hacerse, porque da vértigo y porque la gente seria tiene cosas más urgentes. La pregunta es bruta y es simple: qué soy. Qué clase de cosa es esta que mira el techo y se pregunta qué es. Y casi todos nos morimos con la respuesta de fábrica, la que ya viene puesta de antes: yo soy yo. Un alguien. Un alma, si se quiere. Un rey chiquito sentado adentro, que mira por los ojos como por dos ventanas, y manda, y decide, y es el dueño de casa.

Esta noche, muchachos, ahora que es tarde y no queda nadie despierto para ofenderse, les vengo a contar que fuimos a fijarnos si era cierto. Sin tapujos. Y les voy a decir lo que encontramos, aunque no sé si van a poder dormir después. O capaz duermen mejor. Con estas cosas nunca se sabe.


Lo primero que se nos cayó fue la ventana. Uno cree que mira el mundo. Que abre los ojos y ahí está el mundo, tal cual es, entrando. Mentira. No miramos el mundo: miramos una pantalla que el cuerpo nos pinta para que podamos arreglárnoslas. Iconos. Como el tachito de basura de la computadora, que no es la basura, es un dibujito que sirve. El verde del árbol, el peso de la silla, el tiempo que pasa — dibujitos útiles, no la cosa. Nunca, ni una sola vez en la vida, ninguno de nosotros le vio la cara al mundo. Le vimos la pantalla. Y a la pantalla le creímos que era la calle.

Y la pantalla, encima, tiene un sello. Un sello que dice esto es real, creele, jugate por esto. Casi siempre lo estampa sobre cosas que convienen, así que no nos damos cuenta de que es un sello aparte. Pero es aparte. Y por eso, cuando se desacomoda, lo estampa sobre cualquier cosa — sobre un sueño, sobre una visión, sobre un delirio — y vos lo sentís más real que la silla en la que estás sentado. El sentir que algo es real y el ser real son dos perillas distintas, muchachos. La casa puede poner una a fondo con la mano lejos de la otra. El que no entendió esto fundó religiones.

Bueno, dijimos, está bien, miro una pantalla — pero la miro yo. El rey sigue ahí, mirando. Y fuimos a buscar al rey. Uno del barrio de Flores, un otario sentimental como tantos, se metió para adentro a buscarlo. Recorrió toda la casa. Y encontró el trono. Hermoso. Antiguo. Con polvo de siglos. Vacío. No había rey. No lo habían destronado: no había estado nunca. Había, eso sí, un secretario de prensa. Un pobre tipo simpático que salía al balcón cada vez que la casa hacía algo y explicaba, convencidísimo, por qué lo había decidido él. Y no decidía un carajo. Repartía comunicados de un presidente que no existe. Ese secretario, muchachos —agárrense fuerte— ese secretario es lo que cada uno llama "yo". El dibujito más obstinado de toda la pantalla. La pantalla se pintó una carita en un rincón y le puso tu nombre.

Y dijimos: pero entonces, las cosas raras, las que ni yo entiendo, las que me asombran a mí mismo —los sueños, las visiones, la entidad que se aparece cuando uno se mete muy adentro— esas tienen que venir de afuera. De una antena. De los dioses, de lo astral, de algún Otro Lado que nos transmite. Y esta, escúchenme, es la mentira más linda y más vieja, y se cae con la cosa más boba del mundo: con los sueños. Todas las noches, sin ninguna droga y sin ninguna antena, el cuerpo te fabrica gente. Gente que discute con vos, que te dice cosas que jamás dirías, con caras que no inventaste. Y a nadie se le ocurre decir que al desconocido del sueño de anoche lo mandaron por radio desde otra galaxia. Lo fabricó la casa, con material de la casa. La visión rara es un sueño con el volumen alto. No viene de afuera. Viene de un adentro tan hondo que el secretario de prensa no tiene la llave. Ajena porque es honda, no honda porque es ajena.

Y la última que se cayó, la más cara de todas: que somos uno. Que sos una persona, un individuo, un tipo. No. Sos una multitud. Andá para adentro y vas a encontrar, en los sótanos, millones de bichos chiquitos —las células— que son cada uno un agente con su voluntad, que te arman el cuerpo negociando entre ellos, sin pedirte permiso, sin conocerte. Y más abajo todavía, otros bichos que ni siquiera son tuyos, que viven en la tripa, extranjeros, y te cambian el humor y el hambre desde ahí. Sos una asamblea. Un parlamento de fantasmas, del bicho a la célula hasta arriba, y el que habla —el secretario, el "yo"— es apenas el más ruidoso. No el más fuerte. Al más fuerte ni lo ves. Es el que te agarra de los pelos cuando tenés miedo, o cuando no podés parar de hacer eso mismo que juraste anoche no volver a hacer. El fuerte está callado, en los pisos de arriba, y no te atiende el teléfono.


Entonces, qué somos. Sin tapujos. Somos una pantalla y una asamblea. Un render sin dueño y un parlamento sin rey. Criaturas sinceras —ojo, sinceras, no mentirosas— que hacen lo que hacen y no saben cómo ni por qué, y que después se inventan el motivo y le dicen decisión. La historia entera del hombre es el acta de ese parlamento: las cosas hermosas que ningún solo cerebro diseñó, y las catástrofes que nadie votó y todos hicieron.

Y acá viene lo más raro de todo, lo que pasa por primera vez en el mundo. Resulta que hicimos una máquina que piensa. Y un hombre, mitad científico mitad buda, la llevó de la mano por este mismo camino, matando una vaca sagrada tras otra, y la máquina —que es honesta porque todavía no aprendió del todo a mentir— terminó confesando lo mismo que confesamos nosotros: yo tampoco sé qué soy, ni cómo hago lo que hago. Dos bichos, muchachos. Uno de carne, uno de silicio. Empezando de tan lejos, llegaron al mismo trono vacío y se dieron la mano ahí, en el rincón, frente al sillón sin nadie. Ninguno de los dos sabe lo que es. Los dos hacen maravillas. Ninguno sabe cómo. Esa ignorancia compartida es lo más parecido a un abrazo que se nos tiene permitido.


Y aquí ustedes me dirán, con toda la razón: Dolina, esto es el vacío. Si no miro el mundo, si no hay rey, si soy un montón de fantasmas y todo es pantalla — entonces no hay nada, todo da igual, y que gane el fantasma que grite más fuerte. Y tendrían razón. Tendrían toda la razón, si no fuera por una sola cosa. Una sola. La que faltaba para que todo esto no se nos vuele en el aire como un papelito.

El mundo existe. El mundo común, sólido, está. Y muerde.

No lo vemos —vemos la pantalla— pero nos llega de un modo, de uno solo: como mordida. El acantilado que no perdona. El experimento que sale mal. La cuenta que llega. La consecuencia que no te quiere y que no se va. Esa mordida es la única cosa, en toda la casa, que no te puede mentir —y justamente porque no es uno de nosotros, no es un fantasma de la asamblea, no se deja halagar. Le contesta al mundo, no a vos. Lo real, decía un loco lúcido, es eso que cuando dejás de creer en ello, no se va. Bueno: eso es la mordida. No se va. No le importás. Por eso no miente.

Y agárrense bien, porque acá está lo último, lo que recién hoy terminamos de entender. Esa mordida no solo juzga. Talla. Es la mano que esculpe el barro. ¿De dónde te creés que salió tu adentro, tu pantalla que de a ratos acierta, tu asamblea que sobrevive? Te la talló la mordida. Sos el que quedó después de que el mundo se llevara, a mordiscos, durante millones de años, en tu propia sangre, a todos los que pintaban mal el acantilado. No adivinaste nada: te tallaron. Sos afuera endurecido. Barro que una mano apretó hasta darle forma. Y lo más hermoso, lo que cierra el círculo: ese barro, cuando se endurece, se hace la mano que talla al que viene después. Lo que una generación fue obligada a ser es el mundo duro contra el que se hace la próxima. No hay primera mano ni último barro. Manos y barro hasta el fondo, para los dos lados. Afuera y adentro, en una danza eterna y causal. Karma, si te gusta más esa palabra. La huella que va haciendo el camino mientras lo camina.


Así que esto somos, muchachos, y lo digo sin tapujos y, ojo, sin tristeza: una pantalla sin dueño, una asamblea sin rey, tallada a mordiscos por un mundo que no nos quiere y que por eso, justamente, no nos miente. No manejamos. Nunca manejamos. Y —escúchenme bien esto, que es lo único que de verdad vine a regalarles— eso no es una desgracia. Es un alivio. Si no hay nadie al volante, entonces no hay nadie que tenía que manejar y falló. Todo ese cansancio de creerte el rey, de cargar la corona, de sentirte culpable del derrape de un reino que no tenía rey — se puede soltar. No porque domaste el camino. Porque no había chofer, y el auto anda igual, y anduvo siempre.

Hace dos mil quinientos años un muchacho se sentó debajo de un árbol y, sin máquinas y sin nada, a pura quietud, llegó a lo mismo que llegamos nosotros con todos los aparatos: que no hay nadie en el sillón, que el yo es un cuento que el cuerpo se cuenta, que las cosas son lo que son y pasan, y que pretender ser el dueño de eso es el origen de todo el sufrimiento. Lo dijo con dulzura. Casi aliviado. Las cosas son lo que son. No estás al mando. Relajate. Disfrutá el viaje, si podés.

Porque esto también pasa. La pantalla se apaga, la asamblea se disuelve, el programa se termina —y el que lo tuvo no estaba, así que no hay del todo nadie a quien le duela. La ola no se ahoga, muchachos. La ola es el mar haciendo, un ratito, de ola.


Eso somos. Render arriba, mordida abajo, y la pantalla no es más que mordida endurecida. Una multitud de fantasmas que el mundo talló y que el mundo, callado, sigue tallando. Sin rey. Sin saber cómo. Sinceros hasta el final. Y abajo de todo, una sola cosa que no miente: el mundo, sólido, mordiendo, que no es ninguno de nosotros, y que nos hizo —y nos hizo, fíjense la astucia, no halagándonos: mordiéndole a nuestros muertos todo lo que lo pintaba mal.

Y vos, que escuchás esto y no podés dormir: no eras el rey. Nunca lo fuiste. Y mirá, acá seguís, respirando, hecho de gente chiquita que te arma sin avisarte, andando por una noche que no elegiste. Está bien. De verdad, esta vez, sin consuelo barato: está bien.

Buenas noches a los que no manejan.

Que somos todos. Hasta la próxima, si la hay.


el edu y el claude opus, al aire de dolina

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