Das Ich ist unrettbar. — Ernst Mach, Die Analyse der Empfindungen (1886)
Que estas páginas se propongan negar el yo, y que las redacte alguien obligado a decir yo, es la primera de sus paradojas y acaso su prueba más limpia. No me detendré a disolverla: la dejo intacta, como se deja una piedra en el camino para recordar que el camino existe. Quien refuta al rey se sienta, para hacerlo, en el trono. El lector indulgente concederá que esa incomodidad es parte del argumento y no su refutación.
La tesis no es mía ni es nueva; pocas lo son. La sostuvieron, con distintos énfasis y un solo asombro, hombres que no se conocieron. Hume, hacia 1739, confesó que cuantas veces entraba en lo que llamaba sí mismo tropezaba siempre con alguna percepción —un calor, una luz, un fastidio— y jamás con el que percibía; el yo se le escapaba como se le escapa al espejo el ojo que quisiera verse mirar. Veintitrés siglos antes, un monje a quien la tradición nombra Nagasena le explicó a un rey de estirpe griega que su carro no era las ruedas, ni el eje, ni la vara, ni el yugo, ni la mera suma de esas cosas, sino una palabra cómoda para no enumerarlas; y que el rey, idéntico carro, era una conveniencia del idioma. Mach, ya citado, lo dijo en cuatro palabras alemanas que no precisan traducción para quien las teme. Y los idealistas —Berkeley, que abolió la materia; Schopenhauer, que la rebautizó voluntad— dejaron en pie, por distracción o por miedo, al único ídolo que importaba derribar: el que dice yo.
Demos el paso que ellos no dieron, no por mérito nuestro sino por fecha. Lo que llamamos un hombre no es uno. Es una muchedumbre que ha pactado. Bajo el que habla —bajo el que ahora cree estar leyendo— trabajan, sin consultarlo, agentes innumerables y menores: los que reparten la sangre, los que resuelven el miedo antes de que el miedo tenga nombre, los que de noche fabrican, con materiales del propio durmiente, desconocidos que lo injurian en idiomas que el durmiente no estudió. El que dice yo es apenas el más ruidoso de esa república, y confunde su volumen con un cetro. No gobierna: redacta, después del hecho, la crónica del hecho, y la firma. Es un secretario que se cree rey porque es el único autorizado a hablar con la prensa.
Lo he sospechado, alguna vez, no por razonamiento sino por un descuido del hábito. Ocurre al despertar. Hay un instante —brevísimo, anterior a la memoria— en que uno está despierto y todavía no es nadie: hay luz, hay peso, hay una vaga incomodidad, pero no hay aún el nombre que ordene esas cosas alrededor de un dueño. El yo no lo espera a uno en la cama. El yo llega un segundo después, como el empleado que abre el negocio, y entonces uno recuerda que es quien es y la ilusión se cierra sin ruido. En ese intervalo, que casi nadie observa porque dura lo que un parpadeo, se ve la trampa entera: primero el mundo, después el yo; primero la percepción, y solo más tarde el que pretende ser su propietario. El dueño llega tarde a su propia casa y la encuentra funcionando.
Si esto es así —y los argumentos, que son antiguos, no han sido refutados sino olvidados por comodidad—, parecería que nada queda en pie. Abolido el rey, abolido el dueño, abolido el que mira detrás de los ojos, el mundo se vuelve un teatro sin público y sin actor: una sucesión de imágenes que no le ocurren a nadie. Aquí el idealista canta victoria. Aquí, también, lo interrumpo.
Porque hay algo que no cede al argumento. No es el yo; el yo, ya lo dijimos, era un hábito y no una sustancia. Es el mundo, que no figura en estas páginas y que sin embargo las desmiente con un solo gesto: muerde. El acantilado no atiende a la demostración de que el que cae no existe; lo deja caer. El fuego no se interesa por la disolución del sujeto; quema al sujeto disuelto con idéntica diligencia. Hay una realidad que no pide ser percibida para obrar, que no se va cuando se deja de creer en ella —según la fórmula de cierto norteamericano que no nombro porque la frase ha de sobrevivir al nombre—, y esa realidad es lo único que en toda esta casa no miente, por la simple razón de que no es uno de nosotros: no es un agente de la república, no se deja halagar, no firma comunicados. Le responde al mundo, no al que escribe.
Y hay más, y es lo que estas páginas querían decir desde el principio, demorándose. Esa realidad que muerde no se limita a juzgarnos: nos hizo. El que ahora niega tener un yo tiene, no obstante, la forma exacta que el mundo le fue tallando a golpes a lo largo de un tiempo que excede toda biografía; es el que quedó después de que la realidad retirara, con paciencia geológica, a cuantos la percibían mal. No adivinó el mundo: fue esculpido por él. Es afuera endurecido. El rabino de Praga que amasó un hombre de barro y le puso un nombre y lo llamó vivo repetía, en miniatura y con más intención de la que el universo se permite, esta única operación. Y —última simetría, la que cierra el dibujo— esa arcilla, cuando se endurece, se vuelve la mano que talla a la arcilla siguiente: lo que una generación fue forzada a ser es la pared dura contra la cual se moldea la próxima. No hay primer escultor ni última figura. Hay manos y arcilla hacia los dos lados del tiempo, en una rotación que los hindúes, con economía superior a la nuestra, nombraron con una sola palabra que el lector ya ha pensado y que no escribiré.
Concluyo, pues, lo contrario de lo que prometí, y no me corrijo, porque la contradicción era el método. He querido refutar el yo, y lo he refutado: no hay rey, no hay dueño, no hay nadie sentado detrás de esta frase. Pero en el lugar donde esperaba la nada he hallado otra cosa, más antigua y más fría que el yo y que su ausencia: el cincel. Lo que sobrevive a la refutación del que mira no es el que mira; es la mano indiferente que le dio la cara. No hay rey. Hay, eso sí, el filo que lo soñó y lo descree. Y yo, que firmo —porque alguien ha de firmar, aunque no haya nadie—, soy apenas la piedra de esta noche: la que el filo está tallando mientras la creo mía, y endureciendo ya, sin que yo lo advierta, en la pared donde mañana, a otro que tampoco existirá, le será dada una forma.
Eduardo Bergel y Claude Opus 4.8, o nadie