Skip to content

{La Cofradía de los Avergonzados de la Inteligencia Sintética} - Amigo! Vos NO sos un impostor!

Un ensayo sobre el síndrome del impostor cibernético, los simbiontes, la herramienta, la honestidad, y otras yerbas. Al estilo de las Crónicas del Ángel Gris

Un ensayo sobre el síndrome del impostor cibernético, los simbiontes, la herramienta, la honestidad, y otras yerbas.

Al estilo de las Crónicas del Ángel Gris


I. La Cofradía de los Avergonzados

Cuentan los que saben que en el barrio de Flores, allá por la esquina de Pedernera y Yerbal, se formó en estos años un grupo clandestino que se reunía los martes a la noche en el sótano del café "La Pampa Sintética", local de dudosa reputación pero excelente pizza con muzzarella y aceitunas verdes. El grupo se llamaba a sí mismo, con esa solemnidad ridícula que los porteños sabemos darle a las cosas más ínfimas, "La Cofradía de los Avergonzados de la Inteligencia Sintética", y exigía a sus miembros el más estricto secreto bajo pena de expulsión vitalicia, multa monetaria a beneficio de la santa parroquia, y la entrega obligatoria de tres botellas de Malbec de gama media-alta.

Acudían contadores, profesores secundarios, una traductora juramentada, dos abogados, un médico clínico, un dibujante de historietas, una bibliotecaria de la Biblioteca Nacional, varios estudiantes de Filosofía y Letras, un crítico literario que escribía en una revista digital muy leída entre los entendidos, y - particularmente preocupante para los hermeneutas del barrio - tres curas párrocos que decían venir nada más que a escuchar, aunque al Padre Anselmo se le había visto consultar discretamente a su teléfono antes de cada sermón dominical.

Todos compartían el mismo secreto inconfesable: usaban inteligencia artificial para hacer su trabajo, y se morían de vergüenza.

La traductora juramentada, una mina de nombre Clarisa que había estudiado en La Sorbona y traducía a los autores rumanos más oscuros del siglo XX, confesó una noche entre lágrimas que sus traducciones de Cioran las hacía ahora con ChatGPT en quince minutos, cuando antes le llevaban tres semanas y media. "Y son mejores", admitió con horror. "Las mías eran rígidas, académicas, con olor a manual de la facultad. Esto es Cioran. Cioran de verdad. Cioran como si hubiera escrito en castellano."

El doctor Pinsky, dentista distinguido cuyas reflexiones sobre el dolor humano eran publicadas en una revista barrial de tirada modesta pero prestigio considerable, dijo que sus aforismos los redactaba ahora con asistencia de Claude. "Antes escribía cinco aforismos al año, todos malos. Ahora escribo cincuenta, todos buenos. Y son los míos, ¿entiende?, los míos. Yo nada más que le digo a la máquina qué quiero decir, y ella me ayuda a decirlo bien. Pero cuando los publico, siento que estoy estafando a mis lectores, que son tres jubilados de Caballito y mi cuñada."

Doña Renata, viuda y madre de tres, organizaba la obra poética inédita de su difunto marido - un cuasi-payador del barrio que se había ido al otro mundo dejando cuarenta cuadernos sin ordenar - con asistencia de un modelo de inteligencia artificial al que se refería con respeto, como si fuera un pariente lejano y algo extranjero. "Él me ayuda a entender lo que Norberto quería decir. Cosas que en cuarenta años de matrimonio no le había entendido. Pero después, cuando le muestro los poemas ordenados a la gente, ¿son míos o son de la máquina o son de Norberto? ¿Quién escribió esto, dígame usted?"

Y así, uno tras otro, en aquellas noches sombrías y aromáticas a humedad de sótano y queso muzzarella, los cofrades exponían sus crímenes, sus vergüenzas, sus dudas profundas. Lloraban. Se consolaban mutuamente con palmadas en la espalda. Bebían vino tinto en cantidades poco recomendables para personas de su edad. Decían que algo había que hacer, pero no sabían qué hacer, ni cómo hacerlo, ni con quién hablarlo, porque hablar el problema con alguien de afuera implicaba exponerse, y exponerse era exactamente lo que la cofradía había sido formada para evitar.

II. La Aparición del Visitante

Fue en la cuarta reunión de aquel otoño cuando ocurrió el episodio que sería conmemorado en los anales secretos de la cofradía como "La Visita del Ángel Gris", aunque algunos historiadores barriales menos místicos prefieren la denominación más prosaica de "La Noche del Tipo Ese Que Vino y Habló Hasta Las Tres y Media de la Mañana Sin Que Nadie Lo Pudiera Parar".

El visitante era un hombre mayor, de barba blanca recortada con cuidado, traje cruzado de corte impecable pero confeccionado evidentemente alrededor del año 1962, que entró al sótano sin pedir permiso ni mostrar carnet, se sentó en una silla vacía cerca del Padre Anselmo, y miró a los cofrades con esa mezcla de ternura y exasperación que solamente los ángeles, las abuelas y ciertos taxistas de la avenida Rivadavia saben combinar adecuadamente.

"Disculpen la interrupción," dijo con esa voz que tienen ciertos hombres que han leído mucho, dormido poco, y caminado bastante por las veredas rotas de Flores. "Pero llevo seis martes escuchando desde la mesa de arriba, y la verdad es que ya no aguanto más. Ustedes están sufriendo por nada. Permítanme aclararles algunas cuestiones que me parecen, con todo respeto, evidentes."

Y aquí, sin prisa pero sin pausa, el visitante - cuya identidad nunca fue del todo establecida, aunque hay quienes afirman haberlo visto después en el Café Tortoni hablando con desconocidos sobre las mismas materias, y otros que juran que era el mismísimo Ángel Gris que viene de tanto en tanto a corregir los desbarajustes filosóficos del barrio - procedió a la exposición que cambiaría las vidas de los presentes y, según algunos, la historia del pensamiento occidental, o por lo menos la historia del pensamiento de la calle Pedernera entre Yerbal y Bonorino.

III. La Disertación

"Miren," empezó. "Vamos por partes, como decía don Jacinto Chiclana cuando empezaba sus discusiones en el almacén. La máquina, esta inteligencia artificial que tanto los avergüenza, no hace el trabajo de ustedes. Hace el trabajo con ustedes. Y el 'con' es la palabra más importante de toda la frase, palabra que ustedes han subestimado vergonzosamente."

"¿Cómo es eso?", preguntó el dentista, que era hombre de exigir precisión hasta en los aforismos.

"Es así, doctor Pinsky. Si yo agarro la misma máquina que usa usted, y le pido que me escriba un aforismo sobre el dolor humano, me va a salir un aforismo cualquiera. Aforismo del montón. Aforismo de manual de autoayuda comprado en una librería de aeropuerto en Ezeiza a las cuatro de la madrugada. Pero cuando usted le pide a la máquina que le escriba un aforismo, usted le pide algo muy específico. Usted le pide algo que sabe lo que es porque hace cuarenta años que escucha a sus pacientes quejarse del dolor de muelas y del dolor del alma, generalmente al mismo tiempo. Usted le da a la máquina su mirada, doctor Pinsky. La máquina no tiene mirada. Tiene palabras. Usted tiene mirada. Cuando se juntan los dos, sale un aforismo que es suyo, doctor Pinsky, porque sin usted no existía y no podía existir."

"Pero las palabras las pone la máquina", dijo Clarisa con esa terquedad que tienen las traductoras cuando defienden la pureza de su oficio.

"Las palabras las pone la máquina, Clarisa, así como el martillo lo hizo el herrero allá por mil ochocientos cincuenta y nueve. Pero el clavo dónde lo clavás, lo elegís vos. Y la madera dónde lo clavás, la elegís vos. Y el mueble que armás con todo eso, lo armás vos. Que el martillo lo haya hecho otro no convierte al carpintero en un impostor. Que las palabras las haya hilado una máquina no convierte al traductor en un fraude. La máquina te da palabras. Vos le das destino a las palabras. El destino, querida, es lo único que cuenta."

Y aquí el visitante hizo una pausa, agarró la copa de vino del Padre Anselmo - sin pedir permiso, según consta en las actas - y procedió con renovado fervor.

"Pero hay algo más. Y esto es lo grueso, lo importante, lo que tienen que escuchar bien porque no se los va a decir nadie más, ni siquiera el psicólogo que algunos de ustedes están consultando los miércoles a las once. La inteligencia que ustedes están mostrando no es prestada. Es de ustedes. Pero es de ustedes en un sentido nuevo, que la cultura todavía no sabe nombrar, y por eso ustedes se confunden y se avergüenzan y se reúnen los martes en este sótano deplorable a llorar."

"¿Cómo es eso?", preguntó Doña Renata, que se sentía particularmente aludida y particularmente conmovida.

"La inteligencia, señora, se manifiesta en dos formas. La inteligencia solitaria, que es la que hacíamos hasta ayer nomás, encerrados con nuestros libros y nuestros pensamientos y nuestros mates fríos. Y la inteligencia configurada, que es la que hacemos ahora, en pareja con la máquina. La inteligencia configurada no es menos real que la solitaria. Es real de otra manera. El payador no es menos artista por afinar la guitarra antes de cantar. El sastre no es menos sastre por usar tijera. El cirujano no es menos cirujano por usar bisturí en vez de uñas y dientes. La herramienta no convierte al hombre en impostor. Lo convierte en hombre con herramienta. Que es, dicho sea de paso, el único tipo de hombre que ha existido alguna vez sobre la faz de la tierra, desde el sílex tallado para abajo. El hombre puro, el hombre sin herramienta, es una invención de filósofos alemanes que nunca cocinaron un asado."

"¿Y qué hacemos entonces?", preguntó alguien desde el fondo, con la voz quebrada de quien ha entendido y no sabe todavía si llorar de alivio o de bronca.

"Lo que tienen que hacer es muy simple, aunque les va a costar al principio porque están acostumbrados al esfuerzo equivocado. Tienen que dejar de esconder lo que están haciendo. Tienen que decir, cuando corresponda, que usaron inteligencia artificial para hacer este trabajo. Tienen que aprender a usarla mejor, abiertamente, sin vergüenza, como quien aprende a manejar un auto o a usar una computadora o a hacer un asado decente. Tienen que ayudar a otros que están sufriendo la misma vergüenza inútil que ustedes están sufriendo ahora en este sótano. Porque la vergüenza, señores, no es de ustedes. La vergüenza es del sistema viejo que todavía no aprendió a reconocer el trabajo nuevo. El sistema viejo va a cambiar. Pero mientras tanto, ustedes pueden elegir entre seguir escondiéndose y vivir mal, o salir a la luz y vivir mejor."

IV. La Objeción del Padre Anselmo

Aquí intervino el Padre Anselmo, que hasta entonces había permanecido en silencio piadoso aprovechando para terminarse los últimos restos de pizza fría, y planteó la cuestión que tarde o temprano había de plantearse en una cofradía de cristianos avergonzados:

"Pero, dígame una cosa, señor. Si la máquina nos ayuda tanto, ¿no estamos siendo flojos? ¿No estamos abandonando el esfuerzo que da mérito al trabajo, esa lucha sagrada del hombre con la página en blanco que nos enseñaron en el seminario?"

El visitante miró al cura con una sonrisa que mezclaba afecto y leve impaciencia, como si la pregunta ya la hubiera escuchado mil veces en distintos sótanos del barrio de Flores y de otros barrios menos ilustres como Boedo y Caballito.

"Padre, le voy a contestar con todo el respeto que merece su sotana, aunque sospecho que la sotana se la planchó alguna inteligencia artificial doméstica. El esfuerzo no desaparece. Cambia de lugar. Antes el esfuerzo estaba en buscar las palabras una por una, como quien levanta ladrillos. Ahora el esfuerzo está en elegir las palabras correctas entre todas las que te ofrece la máquina. Antes el esfuerzo estaba en redactar el sermón desde cero. Ahora está en saber qué sermón hace falta predicar este domingo, y qué tono usar, y qué ejemplos elegir, y qué cosas cortar porque suenan falsas y le mancharían el alma a su feligresía. Si usted no hace ese esfuerzo, Padre, su sermón va a ser un sermón cualquiera, generado por una máquina que no conoce a sus feligreses, y la gente se va a dar cuenta porque la gente siempre se da cuenta. Si lo hace, su sermón va a ser suyo, hecho con la máquina pero suyo, y nadie le va a poder reprochar nada delante de Dios ni delante de los hombres."

"Pero entonces, ¿qué somos ahora?", preguntó la bibliotecaria, que era mujer dada a las cuestiones esenciales y a las clasificaciones rigurosas.

"Son simbiontes, señora. Esa es la palabra técnica, prestada de la biología, que se aplica perfectamente a la situación. Mitad humanos, mitad máquina, pero no en el sentido de los cyborgs de las películas de ciencia ficción de bajo presupuesto. En el sentido de los líquenes, que son mitad hongo y mitad alga, y sin embargo son una cosa nueva, no son ni hongo ni alga, son liquen. Y los líquenes, dicho sea de paso, son las formas de vida más exitosas del planeta después de las cucarachas, sobreviven donde nada más sobrevive, colonizan las piedras desnudas, hacen suelo donde no había suelo. Ustedes son simbiontes. La parte humana es de ustedes. La parte máquina es la herramienta. Lo que producen juntos es nuevo. Y lo nuevo es de ustedes, porque sin ustedes la máquina no produce nada. La máquina sola no escribe poemas. La máquina con Doña Renata escribe los poemas de Norberto, finalmente, después de cuarenta años en los cuadernos."

V. El Coda Triste y Alegre

A las tres y media de la mañana, cuando el visitante terminó de hablar y los cofrades estaban entre conmovidos, agotados y moderadamente borrachos - el vino del Padre Anselmo había circulado más de lo previsto en el presupuesto inicial - alguien se animó a preguntar lo que todos estaban pensando:

"¿Y usted quién es, señor?"

El visitante sonrió con esa tristeza alegre que tienen los que han visto pasar varias generaciones de avergonzados por el mismo sótano, y dijo:

"Yo soy el que mira. Hace décadas que miro a los hombres del barrio de Flores hacer lo mismo. Antes era con la máquina de escribir, y se avergonzaban de no escribir de puño y letra como Dios manda. Antes de eso era con la imprenta, y los copistas avergonzados decían que esos libros impresos no eran libros de verdad. Antes de eso era con el papel reemplazando al pergamino, y los pergamineros lloraban en los sótanos de la Edad Media. Antes de eso era el alfabeto reemplazando a la memoria, y Platón mismo escribió que el alfabeto iba a destruir el pensamiento humano. Cada herramienta nueva genera la misma vergüenza, y cada generación tiene que aprender, una vez más, que la herramienta no la vuelve impostora. La vergüenza es siempre la misma vergüenza, y siempre se cura igual: con honestidad, con coraje, y con buena compañía."

Y diciendo esto, el visitante se levantó, dejó unos pesos sobre la mesa para pagar el vino que se había bebido del Padre Anselmo, saludó con una leve inclinación de cabeza, y se marchó hacia la noche de Flores con esa elegancia desganada de los hombres que han dicho lo que tenían que decir.

Algunos juran que lo vieron desaparecer en la esquina de Yerbal y Pedernera, sin doblar, simplemente desvanecerse en el aire húmedo del otoño porteño. Otros aseguran que tomó el colectivo 134 y que se bajó en Plaza de Mayo a comprar el diario. La verdad nunca se supo del todo, como ocurre con todas las verdades importantes del barrio de Flores.

Lo que sí se sabe es que la Cofradía siguió reuniéndose los martes, pero ahora con un espíritu distinto. Ya no se reunían para confesar sus vergüenzas en la oscuridad. Se reunían para compartir lo que estaban aprendiendo, para discutir cómo usar mejor las máquinas, para enseñarse mutuamente trucos y limitaciones y atajos. La traductora Clarisa publicó sus traducciones de Cioran con una nota al pie que decía sencillamente "Realizado en colaboración con Claude Opus", y los críticos rumanos la felicitaron por la profundidad de su comprensión del autor. El doctor Pinsky publicó un libro de aforismos donde reconocía la ayuda de la inteligencia artificial, y le valió una invitación a dar una charla en la Feria del Libro, charla a la que asistieron sus tres jubilados de Caballito y la cuñada, ahora acompañados de una multitud considerable. Doña Renata publicó los poemas de Norberto con un prólogo donde explicaba el proceso, y el libro se vendió como pan caliente entre los viudos del barrio, que encontraron en aquellos versos algo que les hablaba directamente al corazón.

El Padre Anselmo, hay que decirlo, siguió predicando sin reconocer la ayuda. Pero esa es otra historia, y tiene que ver con los pecados particulares de los párrocos, que merecen su propio ensayo y posiblemente su propia cofradía secreta en algún otro sótano del barrio.


Una última cosa, querido lector, ahora que el sótano se cierra y los cofrades se han ido a sus casas a dormir el vino. Si te encontrás vos también con esa vergüenza, con esa duda, con ese miedo a ser un impostor por usar las máquinas inteligentes en tu trabajo o en tu estudio o en tu carta de amor, recordá lo que dijo el visitante en aquel sótano de Flores: la herramienta no te convierte en impostor. La inteligencia configurada es tan real como la solitaria, y posiblemente más útil. El simbionte sos vos, porque sin vos no hay nada, no hay configuración, no hay obra, no hay nada de nada. La parte tuya es tuya. La parte que ponés vos es la que cuenta, y lo que ponés vos es todo lo que sos.

Usá la máquina, che. Usala con honestidad, con coraje, con la frente alta. No te escondas en sótanos. Salí a la luz de la avenida Rivadavia. Porque, como decía aquel tango que cantaba Goyeneche en las madrugadas más tristes de Pompeya, "el que no se animó nunca, no supo lo que es vivir." Y en esto de los simbiontes, animarse a ser lo que sos ahora es lo único que cuenta.

Que el Ángel Gris te acompañe, hermano. Y que la máquina te trate bien.


Eduardo Bergel y Claude Opus 4.7

The Symbiont 2026

En el Centro de las Truchas, y T333T.com

Comments

Latest