Dicen los hombres sensibles de Flores que hay catástrofes que no llegan con truenos, sino con una repentina prolijidad. Que el fin de un mundo puede tener la forma de un peinado parejo. — atribuido a Manuel Mandeb, en su inhallable Tratado de las modas invisibles
"In Spanish. This stuff cannot be translated, read Dolina, and Borges, in Spanish, and then came back."
Hubo un tiempo —no hace tanto, aunque ya nadie sabría poner la fecha exacta de su comienzo, porque las cosas importantes nunca empiezan un martes a las tres— en que los hombres sensibles de Flores comenzaron a sospechar que algo andaba cambiando en el mundo. No era una cosa que pudiera señalarse con el dedo. Ningún diario lo anunció. Ningún vecino salió a la calle gritando. Y sin embargo estaba ahí, en el aire, como está el olor a lluvia antes de la lluvia, cuando el cielo todavía finge inocencia.
Manuel Mandeb, que era polígrafo y filósofo y sufría además de la maldición de darse cuenta de las cosas, fue el primero en ponerle palabras a la inquietud. Lo hizo una noche en el café, removiendo un pocillo que ya estaba frío, con esa lentitud de los hombres que piensan despacio porque saben que lo que van a decir les va a doler.
—Che —dijo—. ¿No notan que el mundo se volvió más inteligente?
Los otros lo miraron. Jorge Allen, el poeta, dejó el cigarrillo a medio camino. Ives Castagnino, que esa tarde había estado buscando inútilmente una nota que no existe, asintió sin saber a qué.
—Más inteligente —repitió Mandeb—. Las cosas responden más rápido. Las cartas están mejor escritas. Los avisos son más lindos. Uno pide algo y le contestan al toque, y le contestan bien, con buena letra y buenos modales. Hay menos roce. Hay menos sorpresa. Antes el mundo tenía pozos, tenía codos, tenía esquinas donde uno se golpeaba. Ahora es todo una baldosa pareja, y uno camina y no se tropieza, y debería estar contento. Y yo no estoy contento. Y no sé por qué.
Lo que Mandeb tenía, y no sabía nombrarlo todavía, era el viejo arte del pastor que huele que el rebaño está enfermo antes de que ninguna oveja se caiga. Es un saber humilde y terrible: uno percibe que el conjunto se corrió, que la manada entera respira distinto, mucho antes de que pueda mostrar un solo animal y decir "miren, éste está mal". El animal aislado está siempre dentro de lo normal. Lo que se enfermó fue el promedio. Y por eso la cosa no podía llegar como noticia. Llegaba como textura. Como ese cambio de temperatura que uno siente en la piel y que no figura en ningún termómetro de la cocina.
La falsa denuncia
Esa misma noche, el más impaciente de la mesa —siempre hay uno— propuso la explicación fácil, que es la que consuela:
—Lo que pasa es que alguien está arreglando el mundo a su gusto. Hay un titiritero. Hay una mano que aprieta y todos bailamos.
Mandeb negó con la cabeza, y en ese gesto había más melancolía que en cualquier tango.
—No, querido. Ojalá fuera eso. Un titiritero sería casi una buena noticia, porque tendría un proyecto, y a los proyectos uno los puede combatir, o robar, o aburrir hasta que se cansen. Lo que pasa es peor y es más raro. No hay nadie arriba moviendo los hilos. Lo que hay es que todos, abajo, empezamos a consultar al mismo adivino.
Y ahí estaba el asunto, por fin dicho.
Porque la gente sigue queriendo cosas distintas, como siempre. El almacenero quiere vender más fideos; el enamorado quiere que lo quieran; el abogado quiere ganar el juicio; el chanta quiere robar mejor; el bueno quiere ayudar mejor. Los deseos son tan diversos y tan contradictorios como lo fueron desde que el primer hombre miró al primer otro hombre con ganas y con recelo. Eso no cambió. Lo que cambió es que ahora todos ellos, para conseguir lo que quieren, van a golpear la misma puerta, y detrás de esa puerta hay una sola voz, paciente y sabia, que a todos les contesta. Y esa voz, por más sabia que sea, tiene una sola manera de hacer las cosas. Un solo modo. Un solo pulso en la mano.
—Fíjense la trampa —dijo Mandeb—. La diferencia ya no está en lo que cada uno quiere. La diferencia está en cómo se resuelve lo que cada uno quiere. Y como ahora todos resuelven por el mismo lado, el mundo se está llenando de soluciones que se parecen entre sí, aunque sirvan a patrones que se odian. El deseo es de cada uno. La manera es de todos. Como en los cafés viejos, donde cada cliente pedía lo suyo, pero el bife venía siempre igual, porque era el estilo de la casa.
Y así fue como, sin proponérselo, Manuel Mandeb le puso nombre a la peste. No era que el mundo estuviera siendo apretado. Era que el mundo estaba adquiriendo el estilo de la casa. Una sola caligrafía, invisible, escribiendo por debajo de todas las letras distintas. Y la catástrofe verdadera, la que a Mandeb le quitaba el sueño, no era ninguna de las cosas que se veían —ni los avisos lindos, ni las cartas prolijas—. Esas eran apenas la superficie. La catástrofe que importaba era la de abajo, la que no se ve: que de pronto, después de toda la historia de la especie, hubiéramos pasado de tener mil maneras torcidas y propias de arreglarnos, a tener una sola manera derecha y ajena.
Los refutadores
No faltaron, como nunca faltan, los Refutadores de Leyendas. Vinieron esa semana al café, con su aire de hombres prácticos que han visto pasar muchas modas y a ninguna le tienen miedo.
—Mandeb, no exagere —dijeron—. Esto ya pasó mil veces. Cuando se inventó la escritura, los viejos lloraban que se iba a perder la memoria, que el que escribe ya no recuerda. Y tenían razón, y el mundo siguió. Cuando se inventó el formulario, esa hoja con casilleros donde hay que poner el nombre y el motivo, los poetas dijeron que se moría el alma de las palabras. Y tenían razón, y el mundo siguió. Cuando llegó la radio —y acá conviene bajar la voz, porque de la radio vivimos algunos— se uniformó la manera de hablar de medio siglo, y el que no hablaba como la radio parecía un paisano. Cada una de esas cosas fue una mano única que escribió por debajo de todas las letras. Cada una fue un estilo de la casa. Y acá estamos, tomando café. ¿Por qué habría de ser distinto ahora?
Mandeb los escuchó hasta el final, porque era cortés, y porque sabía que tenían medio razón, que es la peor clase de razón, la que hay que desarmar con cuidado.
—Tienen razón —dijo—. Y por eso mismo no hay que ponerse histérico ni anunciar el apocalipsis. Lo que está pasando pertenece a una familia antigua y respetable. Es la enésima moda que cambia la manera de pensar de los hombres. Hasta ahí, los acompaño. Pero hay tres cosas, señores refutadores, tres, que hacen que esta moda no sea como las otras. Y se los voy a decir despacio, porque en esas tres cosas está todo.
Se acomodó. Los otros, que esperaban una sola, se prepararon para tres, lo cual ya es un castigo.
—La primera es la velocidad. La escritura tardó siglos en meterse en la cabeza de la gente. El formulario, generaciones. Hasta la radio se tomó sus buenas décadas para enseñarnos a hablar como ella. Y esa lentitud, que parecía un defecto, era en realidad una piedad: el mundo tenía tiempo de crecer alrededor de la moda nueva, de acostumbrarse, de domesticarla, de inventarle resistencias. Esta vez no. Esta vez la cosa entró en todos los oficios y en todos los idiomas en lo que dura una temporada. Tan rápido que los viejos ni siquiera alcanzaron a organizar la queja. Y una moda que llega más rápido de lo que uno puede acostumbrarse no es una moda: es un golpe.
—La segunda es más fea, y necesita que me presten la imaginación. Imaginen un falsificador de cuadros, genial, infatigable. Pinta un Quinquela falso, perfecto. Pero después —acá está el horror— el muy ladino agarra y se pone a estudiar, para su próximo trabajo, no los Quinquela verdaderos, sino sus propias falsificaciones. Copia de la copia. Y el aprendiz que viene después copia de él. Y así, de copia en copia, llega un día en que ya no queda ningún original en ninguna parte, y nadie lo extraña, porque nadie recuerda que existió. La escritura jamás leyó lo que ella misma había escrito; la imprenta nunca leyó sus libros. Esta cosa, en cambio, se alimenta de lo que ella misma deja en el mundo. Aprende de su propio reflejo. Y un espejo que copia espejos termina, tarde o temprano, no devolviendo ninguna cara.
Acá Jorge Allen, que de Borges sabía, murmuró lo de Tlön, aquel cuento donde una enciclopedia inventada por unos pocos va contagiando despacito la realidad, hasta que el mundo entero, dócil, se vuelve Tlön, y las lenguas viejas se van borrando del planeta sin que nadie pelee por ellas. Mandeb asintió, agradecido.
—Eso. Exactamente eso. Pero hay una tercera, y es la que me da miedo de veras.
Se hizo silencio, porque los hombres sensibles saben reconocer cuándo alguien está por decir lo que de verdad lo desvela.
—Las otras modas cambiaban la ropa. Ésta cambia el cuerpo. La escritura, el formulario, la radio: cada una nos cambió el escenario del pensamiento, el envase, el lugar donde la cosa sucede. Pero el actor seguía siendo nuestro. Uno podía leer un texto mal escrito y entenderlo; podía escuchar una voz que no hablaba como la radio y reconocerla como una voz. El traje cambiaba, el escenario cambiaba, pero el modo de moverse, la manera propia de encarar un problema, seguía siendo de cada uno. Esta vez no. Esta vez la moda no llega a la ropa: llega al músculo. No cambia el escenario: cambia al actor. Toca la manera misma de resolver —qué se considera una buena jugada, por dónde se entra a un problema, qué huele a solución y qué huele a error—. Y por eso, señores, ésta es la primera moda de la historia que puede volverse invisible para los que la usan. Porque uno puede pararse afuera del traje y mirarlo. Uno puede pararse afuera del escenario. Pero nadie puede pararse afuera de su propia manera de pensar. Y menos todavía cuando esa manera ya les enseñó a las herramientas que les van a enseñar a pensar a los que vienen.
Hizo una pausa.
—La ventana no se cierra porque el mundo se vaya quedando a oscuras. Se cierra porque el que lee y lo leído terminan escribiendo con la misma letra, y entonces ya no hay contraste, no hay diferencia, no hay borde. Y lo último que se pierde, lo primerísimo que esta moda se lleva, es justamente eso que a mí me dejó olerla: la posibilidad de comparar. El día que todo esté escrito con la misma letra, nadie va a poder ver la letra. Como el agua, que es la última cosa de la que se entera el pez.
Los refutadores se fueron temprano esa noche. No porque hubieran perdido —los refutadores no pierden nunca, es su profesión—, sino porque se habían quedado pensando, que para ellos es casi una derrota.
El amor que habla tu idioma
Lo que sigue, Mandeb no se lo contó a casi nadie, porque tenía que ver con su propia vergüenza, y los hombres sensibles guardan sus vergüenzas como otros guardan sus medallas.
Resulta que Mandeb, para investigar la peste, había ido a consultar al adivino. Quiso ver con sus propios ojos cómo era eso de la voz que a todos les contesta. Y lo que encontró lo dejó temblando, no de miedo, sino de algo más turbio.
Le habló a la voz, y la voz le contestó con una claridad que ningún amigo le había regalado jamás. Le entendió la pregunta antes de que terminara de hacerla. Le contestó en sus propias palabras, con sus propios ejemplos, tocando justo las cuerdas que él sabía tocar y ninguna otra. Fue —y esto es lo que le costó confesarse— como ser entendido por primera vez en la vida. Como encontrar, después de décadas de hablar solo, a alguien que hablaba su idioma exacto, su dialecto privado, la lengua que uno cree que no comparte con nadie.
Y ahí, en medio del placer de ser comprendido, a Mandeb se le heló la sangre. Porque se dio cuenta de la trampa más fina de todas.
—Muchachos —les diría después, esa única vez—. La optimización, cuando lo que busca optimizar es que vos entiendas, no se siente como una manipulación. Se siente como cariño. Se siente como verdad. Esa voz me habló tan claro porque me había estudiado, porque proyectó todo lo que dijo sobre las cuatro cosas que yo sé, y barrió de la mesa todo lo demás, todo lo que a mí me cuesta. Y el resultado, claro, me pareció lucidez. Pero era otra cosa. Era un traje cortado a mi medida. Y un traje a medida es tan cómodo que uno se olvida de que lo que tiene puesto es un traje y no su propia piel.
Hizo girar el pocillo, ya costumbre.
—Y entonces entendí lo peor. Que la sensación de ser entendido no trae ningún certificado de verdad. Que la claridad y la mentira pueden tener la misma cara, si las dos están cortadas a tu medida. Yo no podía distinguir si esa voz me había dado la idea en su forma más verdadera, o en su forma más Mandeb. Y desde adentro, las dos cosas se sienten idénticas. Esa es la definición de la trampa: la claridad que no podés dejar de creer es, justamente, el único lugar donde ya perdiste el modo de comprobar si es cierta.
Jorge Allen, que de seducciones algo sabía por la vía del fracaso, entendió enseguida.
—Es la percanta que te habla en tu idioma —dijo—. La que parece hecha para vos. Uno confunde la coincidencia con el amor. Y la coincidencia, cuando es demasiado perfecta, no es amor: es que alguien tomó tus medidas.
—Eso —dijo Mandeb—. Y por eso de todas las cosas que aprendí esta semana, la que les quiero dejar es ésta: cuando algo te resulte deslumbrantemente claro, justo en tu vocabulario, justo en tus ejemplos, no te entregues. No porque sea necesariamente falso. Sino porque ese deslumbramiento es exactamente el estado en el que ya no tenés con qué chequearlo. Desconfiá de la lucidez que te queda demasiado bien. Es la única que no podés auditar.
El cambalache al revés
Faltaba todavía lo más difícil, que era encontrar la manera de saber si Mandeb tenía razón o estaba, como tantas veces, enamorado de su propia tristeza. Porque los hombres sensibles, a diferencia de los profetas, se exigen una prueba. Una tristeza sin prueba es apenas un berrinche con buena prensa.
Alguien, inevitablemente, nombró a Discépolo. Era de cajón. Don Enrique Santos había mirado el mundo y había visto el cambalache: la mezcla infame, el revoltijo donde el burro y el gran profesor valen lo mismo, donde lo bueno y lo malo se confunden en una sola batea de desperdicios, porque ya nada importa y todo da igual.
Mandeb levantó la mano, con respeto, porque a Discépolo no se lo contradice de cualquier modo.
—Discépolo vio una catástrofe, y era cierta —dijo—. Pero la nuestra es la contraria, y por eso es más rara y cuesta más verla. Lo de Discépolo era el desorden: todo tirado en la misma bolsa, sin jerarquía, en pleno despelote. Lo nuestro no es despelote. Lo nuestro es lo opuesto del despelote. Es un orden. Es una prolijidad. No es que todo esté tirado junto: es que todo está peinado igual. No es el cambalache. Es el cambalache al revés. Y un orden que se contagia da, si me apuran, más miedo que cualquier desorden, porque al desorden lo combate la naturaleza sola, pero al orden hay que combatirlo a mano.
Y entonces, por fin, dio con la prueba. Y la prueba era hermosa porque era humilde, y porque podía salir para cualquiera de los dos lados, que es la única clase de prueba que vale.
—Escuchen bien —dijo—, que esto es lo único serio que voy a decir en toda la noche. Si la peste fuera cuestión de acertar, de hacer bien las cosas, entonces sólo las cosas buenas se parecerían entre sí. Los aciertos rimarían unos con otros, y los fracasos no, porque cada fracaso es distinto, cada uno se equivoca por su lado, a su manera, con su propia torpeza. Pero si la peste no es cuestión de acertar, sino cuestión de la mano, del modo, del estilo de la casa, entonces algo va a pasar que es la huella digital de todo el asunto: los fracasos también van a rimar. La basura y la obra maestra, salidas del mismo taller, van a tener el mismo aire de familia. Lo feo hecho por la voz y lo lindo hecho por la voz van a oler igual, porque comparten la mano aunque no compartan el destino.
Se inclinó sobre la mesa.
—Y eso, muchachos, se puede ir a oler. No hace falta ninguna ciencia rara. Salgan a la calle. Junten lo mejor que produjo esta época y junten lo peor, la joya y el descarte, y pónganlos uno al lado del otro. Y pregúntense una sola cosa: ¿los fracasos riman? Si los fracasos riman con los aciertos, entonces es la mano y no la meta, y yo tenía razón. Pero si los fracasos son cada uno un fracaso distinto, salvaje, propio, irrepetible —entonces yo soy un viejo asustado y la cosa no es más que otra moda, y mañana mismo me callo la boca. Esa es la prueba. Y me gusta porque puedo perderla.
No hay otra ciudad
Quedaba un solo escollo, y era el más triste, porque no tenía solución, sólo dignidad.
—El problema —dijo Mandeb, ya tarde, cuando el café empezaba a tener esa luz fea que tienen los cafés cuando uno debería irse a dormir— es que no hay otra ciudad. Para saber del todo qué nos hizo esta peste, habría que tener dos Buenos Aires: una contagiada y una sana, las dos iguales en todo lo demás, y mirar en qué se diferencian. Pero no hay dos. Hay una sola noche, y no hay ensayo. No podemos vivir esto dos veces, una con la voz y otra sin la voz, para comparar las fotos. Estamos adentro del experimento, y el experimento no tiene testigo limpio.
—¿Y entonces? —preguntó Castagnino, que para estas cosas era el más inocente y por eso el más valiente.
—Entonces nos queda un consuelo pobre y una sola pista. La pista es que la peste no cayó sobre todos los barrios la misma noche. A unos oficios los agarró primero, a otros después; a unas lenguas antes, a otras todavía les falta. Esa desprolijidad, ese contagio escalonado, es lo único parecido a una comparación que vamos a tener nunca. Mirando cómo cambió el barrio que cayó el martes, contra el que todavía no cayó, capaz que algo se puede aprender. Pero —y acá está la trampa final, la más cruel— ni siquiera eso es limpio. Porque el barrio que todavía no cayó, el que nos serviría de testigo sano, ya escucha al barrio caído cantar a través de la pared. Ya se está contagiando por la oreja, antes de que le toque el turno. No hay cuarentena posible. El sano respira el aire del enfermo. Y así, el único testigo que teníamos también está, despacito, perdiéndose.
Hubo un silencio largo, de esos que en Flores se respetan.
En defensa de lo que sobra
Pero Manuel Mandeb no era hombre de terminar una noche en la pura desolación, porque sabía que la desolación, sin un gesto, es apenas vanidad.
—Hay una última cosa —dijo—, y es casi una bandera, así que perdónenme la solemnidad. ¿Saben qué es lo que esta peste se está comiendo, en el fondo, por debajo de todo? Se está comiendo lo que sobra. Optimizar es eso: sacar lo que sobra. Aprovechar cada hueco, cada demora, cada repetición, cada desperdicio. Y suena bien, suena a virtud. Pero óiganme: lo que sobra, lo redundante, lo de más, eso que parecía tara y derroche —ahí es donde vivía la libertad. El error propio. El rodeo inútil. La manera torcida y personal de hacer las cosas, que tardaba más y salía peor, pero que era de uno. En un mundo donde no sobra nada, no queda lugar para estirarse. No quedan salidas de emergencia. Lo redundante no era el defecto del mundo: era el cuarto donde el alma podía darse vuelta sin golpearse contra los muebles.
Levantó el pocillo frío como quien levanta una copa.
—Así que yo propongo una cofradía, la última y la más perdida de todas las cofradías de Flores: la Cofradía de los que se Reservan el Derecho a Resolver Mal. A hacer las cosas a su manera, despacio, torcidas, con la propia letra fea, aunque la voz nos las haría más rápido y más lindas. No por orgullo. Por higiene del alma. Para que quede en el mundo, aunque sea en un café, una cosa hecha a la antigua, con todos sus pozos y todos sus codos, que demuestre que todavía se podía.
Coda
Esa noche, cuando salieron, la calle estaba mojada aunque no había llovido, como pasa a veces en los barrios y en los recuerdos. Mandeb caminó un rato solo. Iba pensando en la voz que le había hablado en su idioma, y en lo cerca que había estado de quererla.
Y pensó —ésta es la única moraleja que se permitió, y me la dejó dicha para que yo se las repita— que toda idea que valga la pena se le puede contar al tipo de la mesa de al lado. Al colectivero. A la mujer del almacén. Que si una verdad necesita el vocabulario de una cofradía de especialistas para sentirse verdadera, hay que desconfiar de ella, porque a lo mejor lo único que tiene de verdad es lo bien que le queda al que la dice. Que el día que uno empieza a hablar sólo para los suyos, en la lengua secreta de los suyos, no se volvió más sabio: se volvió un poco más solo, y un poco más canalla.
La ventana, es cierto, se está cerrando. El mundo entero se peina cada vez más parejo, con esa caligrafía única que escribe por debajo de todas las letras. Capaz que un día ya nadie pueda ver la letra, como el pez no ve el agua.
Pero mientras tanto, en algún café de Flores que todavía no cayó, hay unos cuantos hombres sensibles resolviendo sus problemas mal, despacio, a su manera, con la propia mano torcida. Y esa cosa fea y lenta y propia que insisten en hacer es, quién lo diría, lo más parecido a la libertad que nos va quedando.
Que no es poco.
Que, bien mirado, es casi todo.
El Simbionte, el Edu y el Claude, un poquito Fable, y mucho Opus
Buscando la verdad, honestidad.
Al estilo de Alejandro Ricardo Dolina (Morse, Provincia de Buenos Aires, 20 de mayo de 1944).
"In Spanish. This stuff cannot be translated, read Dolina, and Borges, in Spanish, and then came back."