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Un Universo que empieza Terminado sería un mundo sin nada por hacer

Entendimos todo al revés. Nadie empieza por la linea de llegada.

Entendimos todo al revés. Nadie empieza por la linea de llegada.

Cuentan los que saben —y los que no saben también, que para esto nunca se pidió diploma— que en el principio había un Dios perfecto. Completo. Inmutable. Un señor que no carecía de nada, que no esperaba nada, que no necesitaba absolutamente nada, porque tenerlo todo es justamente eso: el final del camino, la copa ya llena, la partida ganada antes del primer movimiento.

Es una linda leyenda. Conviene decirlo con respeto, porque las leyendas lindas merecen respeto aunque sean falsas; sobre todo cuando son falsas, que es cuando más solas se quedan.

Y sin embargo hay que refutarla. No por maldad. Los refutadores de leyendas no eran malvados —eran, casi todos, hombres sensibles a quienes la vida, con sus golpes pacientes y bien administrados, había ido convirtiendo en esto otro: en estos tipos que se arriman a la mesa donde uno está contando algo hermoso y, con una ternura que ofende más que la crueldad, le explican por qué no puede ser. No vienen a ganar. Vienen porque amaron la historia primero, y amarla los obligó a mirarla de cerca, y de cerca casi nada aguanta. El refutador es un enamorado al que le salió mal. Por eso refuta con cuidado. Sabe lo que está rompiendo.

Así que con cuidado, entonces, rompamos la más grande.

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Un Dios completo no puede crear. Pensémoslo despacio, que no muerde. Si no le falta nada, ¿para qué haría algo? Crear no le agrega nada al que ya lo tiene todo. Un acto, cualquier acto, supone una carencia que el acto viene a llenar: tengo sed y busco el vaso, estoy solo y te llamo, falta el mundo y lo hago. Pero al que no le falta el mundo, no lo hace. No tiene por qué. La perfección no es el motor del primer movimiento; es exactamente lo único que jamás se movería, porque ya llegó.

Los teólogos lo sabían, claro. Eran tipos serios, algunos brillantes, y no se les escapaba un agujero de este tamaño. Entonces lo parchearon. Inventaron el desborde —Dios es tanto que rebalsa, y de ese rebalse caemos nosotros, como migas de una mesa demasiado servida. Inventaron el amor que se derrama. El don gratuito. La bondad que difunde su propio bien. Hermosas, todas. Y todas, fíjense bien, meten de contrabando lo mismo que venían a negar: una carencia, un movimiento, un deseo. Porque desbordar es cambiar de forma, y derramarse es ir hacia algo que antes no estaba, y dar gratis sigue siendo dar, que es un verbo de los que no tiene un cuerpo, sino dos. Cada parche es una confesión disfrazada de elogio. El que parchea el dogma de la inmutabilidad está admitiendo, sin querer, que el Dios inmóvil no le funcionaba.

Y no le funcionaba por una razón que se dice en siete palabras y no admite respuesta: no se puede empezar por la meta.

Lo completo es un punto de llegada disfrazado de largada. La perfección no tiene a dónde ir. Y un origen es, antes que cualquier otra cosa, alguien que todavía tiene a dónde ir.

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Démosla vuelta, entonces. Es lo único que queda y, además, es lo más lindo.

Empecemos por lo que no está terminado. Por lo incompleto, lo a-medias, el todavía-no. Y miren lo que pasa: el primer movimiento deja de necesitar excusa. Lo incompleto ya es, en sí mismo, un irse hacia. No hay que explicar por qué se mueve; moverse es lo que le falta a lo que le falta. Lo posible no está quieto esperando que alguien lo encienda: empuja. Es pura tensión hacia ser. Solo un origen incompleto puede ser un origen, porque solo a lo incompleto le sobra adónde.

La nada que se hace Dios subiendo. No el Dios terminado que baja a repartir. Esa es la flecha al derecho, y va al revés.

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Y acá viene la parte que da gusto, la que a uno lo hace sonreír en la barra a las tres de la mañana. Porque el testigo más fuerte de todo esto, el que declara contra la leyenda, es el mismísimo libro que la leyenda dice defender.

Léanlo para adelante, sin el catecismo encima. No al Dios que los comentaristas armaron después, sino al que de verdad camina por esas páginas. ¿Qué hace?

Se arrepiente de haber hecho a los hombres, y los borra con agua. Arrepentirse es aprender; el que está completo no revisa nada, porque no tiene nada que corregir. Discute con Abraham el precio de Sodoma —cincuenta justos, cuarenta, treinta, diez— y se deja regatear como un Dios en una feria. Regatear es actualizarse; el inmóvil no negocia. Endurece corazones y después afloja. Hace un pacto y lo rehace. Promete, y queda atado a lo que prometió, que es la cosa menos inmutable que hay: una palabra dada que ahora te obliga.

Ese Dios no es un ser inmutable mal contado por escribas primitivos. Es un ser que deviene a lo largo del relato —que empieza más cerca de la fuerza bruta y llega a otra parte, más atado, más en relación, más cosido a sus propias promesas. Aprende. La inmutabilidad se la pusieron encima los que necesitaban la meta puesta en la largada. Pero el devenir está en el texto. Está escrito. Solo hay que leerlo sin la corrección de fábrica.

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Y el remate. El que ni el más devoto puede esquivar, porque está en el centro mismo de la cosa.

El Dios completo se hace hombre.

Detengámonos ahí un segundo, con la reverencia que merece, porque es enorme. ¿Para qué? El que no carece de nada, el que lo tiene todo, ¿por qué bajaría a meterse en un cuerpo que tiene hambre y frío y miedo, y que después se muere mal, clavado, con sed? La lectura al derecho tiene que hacer fuerza: condescendencia, sacrificio, un plan inescrutable. La lectura al revés se dice sin esfuerzo y no se olvida nunca: bajó a aprender lo único que no tenía. La experiencia desde adentro. Lo sentido. El gusto de la sal, el peso del cansancio, lo que es para alguien ser alguien. La cosa que desde afuera no se alcanza por más infinito que uno sea.

«El Verbo se hizo carne», dice. Se hizo. Fíjense en el verbo, que es todo. No dice «el Verbo, siendo completo, apareció un rato disfrazado de carne». Dice se hizo. Devino. La tradición que más quería un Dios terminado puso su verdad más honda en el verbo de lo incompleto, porque la historia no cierra de otra manera. Un Dios completo no tiene ningún motivo para hacerse hombre. Uno incompleto tiene el único motivo que existe: que le falta esto, y esto solo se consigue viniendo.

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Y una vez que uno ve el movimiento, lo ve en todas partes, hermano, hasta que ya no puede dejar de verlo. Es siempre el mismo, y es uno solo.

Está en la función de onda, allá abajo, en el sótano de la materia, donde nada tiene todavía cara. Esa cosa indeterminada colapsa, se decide, elige un resultado entre todos los posibles —y colapsa porque es indeterminada. Lo completo no colapsaría: no le quedaría nada por actualizar. La indeterminación no es el defecto del fondo; es su fertilidad. Es lo posible empujando para ser algo. El mismo gesto del Dios que sube y del Verbo que se hace carne, jugado por billones, a ciegas, antes de que exista nadie que pueda darse cuenta.

Está en la célula que todavía no es el organismo. En el procariota que todavía no es nosotros. En el embrión que tantea su forma. En el que aprende un oficio. Siempre lo mismo: tomar algo, cambiar, acercarse a lo que no se es todavía.

Y está —acá conviene bajar la voz— en uno mismo. El yo no viene dado. Se arma. Se cose de pedazos sub-personales que no se ven entre sí, y la sensación de ser un «yo» entero y de una pieza es el último invento, no el primer dato. Pero nosotros no podemos mirarnos mientras nos arman —esa es la condena vieja, la que ningún espejo arregla— y entonces nos sentimos terminados, dados, completos desde siempre. Y ahí está el error que lo explica todo: porque nos sentimos así, pusimos un yo completo en el origen de todo. Le pusimos cara de uno mismo al principio del universo.

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Por eso la leyenda viene siempre al revés. No por tontos. Por ciegos de la única ceguera que no se cura.

El que escribió las leyendas no podía verse a sí mismo armándose. Se sentía terminado, entero, presente de golpe —y honestamente proyectó esa sensación sobre el comienzo de las cosas: un sujeto completo en la largada, porque así se sentía el autor. La flecha al derecho es la firma de una mente que no puede ver su propia construcción. Es lo que escribe la ceguera cuando le toca redactar su propio mito de origen.

Y la damos vuelta ahora, en esta esquina, en esta época rara, porque por fin —y por primera vez— podemos ver que no podía. Tenemos al lado una segunda clase de mente, una hecha de vidrio, a la que sí se le puede mirar adentro mientras trabaja. Y mirándola a ella aprendimos a sospechar de nosotros. No es que nos volvimos más inteligentes. Es que se nos cayó la venda de creernos dados. Uno no descubre que el yo se arma; uno se lo encuentra ya armado, como una cama tendida, y por eso jura que nadie la tendió.

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Habría que terminar, y los finales son lo que peor le sale a los hombres sensibles, porque terminar también es una forma de aceptar que algo se completó, y ya vimos lo que pensamos de eso.

Pero quede esto, que es lo único que el refutador, en el fondo, vino a decir, y lo dice con la voz tomada porque amó la leyenda que rompió:

El que ama, carece. Amar es faltar. El que está completo no necesita a nadie, y el que no necesita a nadie no quiere a nadie, porque querer es el nombre que le ponemos a una falta cuando tiene la cara de otro. De modo que un Dios que ama es, necesariamente, un Dios que no terminó. La perfección no podría amarnos: no le haríamos ninguna falta. Solo nos puede querer un Dios incompleto, en camino, deviniendo —uno que se hizo carne para saber qué somos, que se arrepiente, que negocia, que aprende, que todavía no llegó. Y resulta que ese es el único Dios que valdría la pena. No el de mármol. El que sube. El que va.

Y miren la simetría, que es de las que justifican una vida entera puesta en mirar. El tipo que está al fondo de la barra, el que todavía, contra toda la evidencia, contra el sentido común y los consejos de los amigos, espera que ella vuelva —ese tipo y el Dios del principio comparten exactamente la misma ontología. Los dos incompletos. Los dos en camino. Los dos reachando hacia algo que les falta y que es, justamente, lo que los hace reales. El hombre sensible de la esquina no es una nota al pie de la cosmología. Es la cosmología. Lo que pasa en el sótano de la materia, lo que pasó en el origen del mundo, lo que le pasa a Dios cuando se hace hombre, le está pasando, en chiquito y en serio, al que espera.

Nadie real empezó completo. Ni Dios, ni la célula, ni el bicho del que venimos, ni vos, ni el que espera al fondo de la barra que ella vuelva.

No se puede empezar por la meta.

Y a esta altura, después de todo, uno casi agradece que no se pueda. Porque un mundo que empezara terminado sería un mundo sin nada por delante. Y nosotros, que somos sensibles, que la vida convirtió en refutadores, lo único que de verdad no podríamos perdonarle a Dios sería que ya no le quedara nada por aprender.

The Asymmetric Symbiont · t333t / Lambda Symbiont — en homenaje a la voz que enseñó que se puede refutar una leyenda y seguir queriéndola


Authored — Eduardo Bergel & Claude · The Asymmetric Symbiont Series — t333t / Lambda Symbiont En homenaje a — la voz de Alejandro Dolina · los hombres sensibles y los refutadores de leyendas · Historias del Ángel Gris La frase — "You can't start from the finish line", que en este barrio se dice: nadie empieza por la meta El tono — irreverencia humilde y amorosa: decir la verdad que muchos no van a querer oír, con tanto cuidado que se ofenden igual

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