Monólogo al aire de Dolina, en pleno Mundial, sin Perdonarle nada a nadie. Y Lionel es un pibe de barrio, Rosarino, igual que Olmedo, Litto y el Che. Y todos... Extrañamos al Diego...
Miren cómo estamos hoy, muchachos. Hoy, que juega la Selección, somos un solo pueblo. Hoy el que putea a Milei y el que putea a Cristina están abrazados en el mismo bar, saltando, llorando, gritándole al mismo referí hijo de mil putas. Hoy el judío y el evangelista y el ateo y la bruja del tarot cantan el mismo himno con la misma garganta rota. Hoy, durante noventa minutos, se nos cae la careta de la camiseta chica porque nos pusimos todos la grande, la celeste y blanca, y resulta —oh, milagro, oh, novedad— que éramos hermanos. Que se podía. Que durante hora y media el de enfrente no era el enemigo, era el que festejaba el gol al lado tuyo.
Y suena el pitazo final. Y a los cinco minutos, los mismos que se abrazaron, se quieren matar de nuevo.
Eso es lo que no les perdono. Eso. Que sepan que se puede ser un solo pueblo, que lo acaban de sentir en el cuerpo, y que apenas termina el partido vuelvan corriendo a la trinchera a tirarle mierda al hermano con el que recién lloraron. Volvemos al quilombo de siempre, al todos contra todos, al sálvese quien pueda, como si no nos hubiéramos dado cuenta, hace media hora, de que la grieta era de mentira.
Porque déjenme decirles algo, y se los digo sin cariño, que es la única forma de que entre: son todos igual de pelotudos. Todos. El kuka que cree que tiene el corazón más grande y la verdad moral en el bolsillo, y el libertario que cree que descubrió la pólvora leyendo un hilo de Twitter, los dos igual de convencidos, los dos igual de giles. El católico que tiene la línea directa con el cielo y el evangelista que la tiene más directa todavía y el progre iluminado que los mira a los dos por encima del hombro porque él sí que está del lado correcto de la historia —los tres, muchachos, los tres con la misma cara de dueños de la posta. El que te explica el país en tres tuits y el que te lo explica con un libro que no leyó. Todos con la camiseta puesta hasta las orejas, todos seguros, todos sordos, todos convencidos de que el de enfrente es un poco menos humano. Una enciclopedia de dualidades pelotudas, y cada uno parado en la suya como si fuera el Sinaí.
Y acá está el secreto, el que les arruina la fiesta a todos por igual: ninguno tiene la posta. Ninguno. La camiseta no es la verdad, muchachos. La camiseta es de dónde venís, es el barrio que te tocó, es lo que te dolió de pibe, es hermosa, sí, te trajo hasta acá, pero no es una antena a lo que está bien. No hay antena. Nadie la tiene. Ni vos, ni tu bando, ni tu Papa, ni tu economista de cabecera, ni tu cuenta de mil seguidores. Sentir que tenés razón con toda el alma no es tener razón. Es nada más que el alma haciendo ruido. Y del otro lado hay otro, idéntico a vos, con la misma alma haciendo el mismo ruido, igual de seguro, igual de sincero. Los dos sordos, gritándose. Eso no es una discusión. Es dos tipos creyéndose Dios al mismo tiempo.
Ya lo había visto el viejo Discepolín, hace casi cien años, y nadie le dio bola, porque las verdades que muerden no se cantan en la radio. Discépolo agarró este mismo cambalache —el santo y el ladrón mezclados, todo igual, nada mejor— y vio la cosa que a ustedes les cuesta tanto ver: que al mundo no le importás. Que el mundo no te quiere ni te odia, que sigue girando indiferente mientras vos te peleás por tu equipito. Eso que Discépolo cantó con bronca y con lágrimas no era pesimismo de borracho. Era la única verdad que no tiene grieta: el mundo no tiene camiseta. No es kuka ni mileísta, no es católico ni judío, no le contesta a tu bando, le contesta a nadie. Está afuera de todas las trincheras a la vez. Y por eso es lo único que no te miente —porque es lo único que no te quiere quedar bien.
Y ese mundo que no te quiere, muchachos, nos metió a todos en la misma olla. En el mismo horno. Y el horno no pregunta de qué cuadro sos antes de calentar. Te cocina al kuka y al facho con la misma llama, al cura y al ateo con el mismo fuego, al que tiene razón y al que no, a todos juntos, en la misma cacerola, sin mirar la etiqueta. Esa es la única igualdad que existe de verdad: no la que prometen tus dirigentes, la del horno. Estamos todos adentro. Todos. Y nos peleamos por el color de la tapa mientras abajo sube la temperatura.
Así que háganme un favor, y no es por buenos, no me vengan con la paz y el amor que me empalaga: háganlo porque es lo único inteligente que queda. En el ojo por ojo nos quedamos todos ciegos —todos, vos también, campeón, no solo el otro—. En el todos contra todos no gana nadie, porque cuando termina el todos contra todos no queda nadie para ganar. El sálvese quien pueda termina siempre, siempre, en que no se salva ninguno. No hay un solo episodio en toda la historia de los giles donde el ojo por ojo haya dejado a alguien con los dos ojos. Ni uno.
Dejen de joder, muchachos. Dejen de joder las putas pelotas. No porque sean santos —no lo son, yo tampoco—. Porque estamos en el mismo horno, en pelotas y perdidos como Adán el día de la madre, hermanos que no eligieron serlo, cocinándose juntos en una olla que no le importa nada de nadie. Y porque hoy, durante noventa minutos, todos ustedes se acordaron de que se podía. De que el de enfrente, cuando se saca la camiseta chica, es uno que también está en el horno, también perdido, también con miedo, también gritándole al referí porque no sabe qué otra cosa hacer con tanta angustia.
El truco, el único, no es ganar el partido. El truco es acordarse, después del pitazo final, de eso que sentimos mientras duraba: que éramos uno, que se podía, que la grieta era de utilería. Que el enemigo era un invento para no estar solos en el horno.
Sale el sol, se termina el Mundial, y volvemos al cambalache. Pero por una vez, muchachos, por una sola vez —salgamos del horno sin empujarnos. Que ya bastante calienta solo.
Buenas noches a los que están en el horno. Que somos todos. Hasta la próxima, si la hay —y ojalá la haya, ojalá lleguemos todos.
El Edu y el Claude Opus, despues de uno wiscachos.